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Balak, el Rey de Moab, contrata al profeta Balaam para maldecir al Pueblo de Israel. Balac, el rey de Moab, se alarmó cuando los israelitas conquistaron el territorio del rey Sihón, con lo que llegaron a ser sus vecinos del norte. Temiendo no poder enfrentarlos con éxito por las armas, alquiló a Balaam con la esperanza de debilitar a los hebreos mediante maldiciones. Por intervención divina, éstas se transformaron en bendiciones. Más tarde, por consejo de Balaam, los moabitas sedujeron a los israelitas a participar de la licencia sexual y la idolatría (Nm. 22-25). Por esta causa, fueron excluidos de la congregación de Israel hasta la 10ª generación, e Israel recibió la orden de mantenerse apartados de ellos (Dt. 23:3-6; Neh. 13:1,2) En el camino, Balaam es golpeado por su asno, que ve el ángel que YHWH envía para detenerlos. Tres veces, desde tres diferentes lugares, Balaam intenta pronunciar sus maldiciones; y, cada una de las veces que lo hace solo sale bendiciones. Balaam también profetiza sobre el final de los días y la venida del Mashíaj. El pueblo cae ante la seducción de las hijas de Moab y son persuadidos a idolatrar al ídolo moabita Baal Peor.